El vivo no me convoca. Pensé que era una distancia pasajera, hasta que mi ego o la necesidad de sentirme mirada o aplaudida insistiera en llevarme a las tablas. Pero no. El vivo ya no me convoca. O, bueno, por ahora, no me vuelve a convocar. Hicimos las performances en vivo en la materia de la maestría y sentí durante toda la semana un enojo incómodo. Como que algo se resistía en mí a performatear en vivo. No me la creo. No lo creo. No me pasa nada más que ponerme nerviosa y sentirme expuesta. Me limito, me bloqueo, vuelven los traumas con fuerza. Y eso que estaba resolviendo el hecho de fotografiarme. Por un lado, lo fuerte y novedoso del dispositivo de la foto performance y la idea del vestuario efímero en papel. Usar un material por última vez antes de inutilizarlo. Eso me gustó mucho y me convocó a seguir pensando propuestas. Pero mutó la consigna y vino el vivo con una vertiginosidad y ansiedad que no va con mis tiempos de creación o, digámoslo todo, paja mental. ...