Hay huecos en mi historia que no se llenan con palabras
Es el título de esta performance pensada para hacerla en viva (sí, dice viva pero no lo voy a corregir, me gusta eso) Este título lo saqué de la lectura del texto de Didi Huberman, El archivo arde. Él insiste en los huecos, en los vacíos de la memoria de hechos traumáticos (o no) y cómo imaginamos, ficcionalizamos o fantaseamos para llenarlos, completarnos y contarnos nuestras historias.
Desde los estudios del trauma, lo no nombrado, lo que no se puede llevar a la palabra sería el punto ciego del pensamiento, eso que podemos pensar o evocar pero no podemos poner en palabras. Un nudo en nuestros recuerdos que al abordarlo despierta sensaciones que nos hacen revivirlo. No procesarlo como recuerdo, sino volver a vivir ese miedo tan grande que hizo que quede ahí. Atrapado entre las dos memorias (la narrativa y la de sensaciones) e incapaz de verbalizarlo.
Me interesa en esta perfo transitar el espacio-tiempo en el que si bien se quiere narrar lo vivido, somos incapaces de hacerlo. Hay recuerdos que duelen tanto que pareciera que ponerlo en palabras sería traicionar ese dolor, quitarle impacto. Sobre todo los hechos que nos lastimaron siendo niñxs. La mujer adulta puede quitarle impacto, tiene las herramientas para hacerlo, pero la niña aún lo sufre.

La danza clásica, el entrenamiento físico en ballet, las dietas estrictas para bajar el supuesto sobrepeso, las instituciones del arte y sus agentes, dolieron de una forma que la niña no puede explicar. Yo sólo quería bailar y el Colón se presentaba como el único lugar posible para hacerlo. La mujer adulta sabe que esto no es así. Que además de otras instituciones vinculadas a la danza hay espacios públicos y privados, incluso íntimos en los que se baila con tanto o más placer que respondiendo a las reglas del mercado del arte y la alta cultura. Sin embargo, es en ese espacio íntimo, cuando el cuerpo y la voz se predisponen a danzar, es ahí donde la palabra enmudece. Hay bloqueo, hay mirada externa aunque se esté sola. La institución, o mejor dicho, lo rancio de la institución se cuela en un espacio íntimo, de sanación u ocio y juzga desde su atrio.
Por eso vocalizo. Parezco la sirena de una ambulancia aunque intento copiar el aullido de perros. Me resulta muy incómodo este momento pero lo sostengo. Hace un tiempo un profesor me marcó que tiendo a escaparme de la escena cuando ésta se pone emocional, intensa. Siempre un chiste, un pase de comedia para zafarme de la tensión. Esta perfo, sobre todo hecha en vivo, representa para mí un gran desafío. Sostener una incomodidad, llegar al punto de darme vergüenza y sostener esa vergüenza. Buscar un estado anímico a través de la voz, el sonido, la vocalización. Mover la respiración. Todo el cuerpo al servicio de un llanto animalado.
En el momento de la performance en vivo pasó algo, empezó a pasar algo pero no terminó de suceder. Pero esto no me preocupa ya que pienso esta pieza como una escena de la obra que estoy escribiendo. Por lo tanto, vendría cargada de las escenas anteriores, la sangre ya habría aparecido y el espíritu de perro también. Todo estaría cargado y funcionaría como antesala del llanto animal. Esta perfo en vivo es un modo más de ensayar la obra de teatro performático.
Luego la sangre...
La canción de Gabo Ferro, Por qué no lloras un poco, fue uno de esos hallazgos tan increíbles. La letra me narra casi de modo literal. Era importante que la palabra que apareciera en la escena fuera dicha por otro. Ese era el momento de pararme en dos pies y comenzar a soplar la manguera para que la sangre cayera a la altura de mi corazón pero se derramara al vestuario de papel y lo interviniera-arruinara.

No sucedió lo que pretendía, quedarme con la manguera en la boca soplando y los brazos atadoso en la espalda por el alambre del bolero. La sangre resultó muy espesa y el giro de la manguera hacia la parte de arriba del corazón no ayudaba a que cayera con suavidad y gracia. Tuve que soplar, hacer mucha fuera de hecho y esto mientras lo estaba resolviendo en la escena me gustó mucho. Sabía que mi torso debía estar haciendo movimientos bastante evidentes. Hinchar los pulmones con aire, hacer fuerza abdominal para empujarlo hacia afuera y soplar. Por efecto sifón, cuando tomaba aire y sacaba la boca de la manguera, me escupia sangre y se me llenaba la boca del líquido rojo. Entonces la sacaba con un gesto suave, el necesario para expulsarla y no tragarla. Esto sospecho le dio bastante dramatismo. No quería tragarme la sangre porque para espesarla uso plasticola transparente. Tragar plástico no es mi intensión. Sin embargo, una compañera de la maestría captó el momento en el que a partir del empuje y soplido la sangre sale de la manguera y cae en mi pecho.
Soplar y sacar sangre durante casi los cuatro minutos que dura la canción. Agotar la canción, la acción, la imagen visual. Esto carga de ideas, ya con palabras. Se habla del llorar, del bailar y del moverse. Luego, paso a la última instancia que es bailar como puedo. Tengo zapatillas de punta hechas de alambre y durante la performance, como la máscara de perro, el pelo lleno de sangre pegajosa, las manos sucias y el piso resbaladizo, no me dejan probar grandes desplazamientos, camino con los pies juntos y el alambre de las zapatillas se enrieda entre sí.
Esto fue otro hallazgo, pasos pequeños. Sé que ese tipo de caminata hace que mi cuerpo adopte formas que no me gustan. Se juntan las carnes de las piernas, chocan la entrepierna, inclino el torso y saco panza. Todas formas que durante años intenté(o) ocultar al bailar por conseguir la línea tan ansiada en el lenguaje del ballet. Sin embargo, me gustó. Me sentí incómoda a gusto en la escena. Sabía que no se estaban fijando en eso, sino que ya a los casi diez minutos de transitar la pieza mi cuerpo sería un elemento compositivo más de la performance. La mirada casi que no estaría puesta en mí. Esto lo compruebo con las fotos que me tomaron. Si bien esperaba que fueran de partes de mi cuerpo, como un modo de fetichizar la perfo, fueron más bien totales, incluyen todas al corazón y al papel y son en posición en vertical.
Confieso algo.
Confié en mi cuerpo como archivo de la técnica.
Sabía que cada posición que adoptaran mis brazos y piernas darían cuenta de mi tránsito por el ballet.
Confesión dos.
Tengo ganas de volver a hacerla.